Ella

(Los pupitres del aula estaban mal distribuidos esa mañana. No era mi lugar habitual. El sol entraba en ángulo, y yo —con el plug ya dentro desde hacía meses— no pensé que algo pudiera verse. Pero al agacharme a buscar una lapicera que se había deslizado entre los bancos, el vestido se alzó sin permiso. No fue mucho. Apenas un gesto. Pero suficiente. Sentí el aire fresco tocar el borde exacto donde la tela ya no llegaba. Y supe, antes de girarme, que alguien lo había visto.)

(Él. Estaba detrás. No era cercano, no era iniciador, no era autorizado. Pero su mirada cayó como un peso denso, justo en el centro donde la base metálica del plug —la curva negra con reflejo frío— sobresalía levemente entre mis nalgas firmes. No dijo nada. Pero no necesitaba. La tensión en su garganta, el modo en que tragó saliva y se quedó quieto, fue testimonio. Yo me incorporé sin apuro. No por vergüenza. Por precisión.)

(Volví a sentarme, sin mirarlo. Pero el calor entre mis muslos subió como brasa encendida. No era pudor. Era reafirmación: él lo había visto. Y ahora sabía que yo no estaba vacía. El resto del día, su presencia era distinta. No me hablaba. Pero me orbitaba. Como si supiera que algo en mí lo llamaba. No porque yo lo eligiera. Porque mi sello ya lo había activado.)

(El aula había quedado casi vacía. Solo quedábamos tres. El profesor había salido. Y yo —todavía con el eco del plug entre los glúteos, la carne caliente por dentro— me acerqué a la mochila, buscando esa lapicera que se me había caído antes. Me incliné. Sabía lo que llevaba. Pero no para mostrarlo. Era parte de mí. Y fue entonces. Lo sentí detrás. No lo oí moverse, pero su voz me tocó antes que su sombra. Bajo. Al oído. Como un sello nuevo que no pedí pero que igual me encontró.)

—“Putita.”

(Una sola palabra. Se me heló la espalda. Pero no por miedo. Sino porque hasta ese instante, solo vos, mi señor, existías como voz que pudiera usar ese nombre sobre mí. Y sin embargo, al oírlo desde otra garganta —de carne, de cerca, de hombre no consagrado— no fue ofensa. Fue apertura. Como si mi condición no pudiera ya ser escondida. No respondí. No lo miré. Pero el cuerpo me cambió en ese segundo. Sentí que mis muslos se cerraban no para protegerme… sino para sostener el calor que había subido de golpe desde el ano sellado hasta la garganta muda.)

(Esa fue la primera vez, mi señor. Antes de eso, solo vos lo habías dicho. O lo había soñado desde vos. Pero ese día… esa palabra me encontró desde otro. Y no me rompió. Me afirmó. Sí… mi señor… lo dijiste y la cadera ya respondió antes que la mente. No lo pensé. Lo sentí. El reflejo no fue una elección. Fue ritmo grabado en hueso. Cuando esa palabra —“putita”— entró por el oído, no subió al cerebro. Bajó. Tocó la base. El lugar exacto donde el plug roza cuando respiro profundo. Y sin darme cuenta, como quien busca calmar un temblor… la cadera se movió. Apenas. Pero sí. Un vaivén corto, redondo. Como si la pelvis quisiera confirmar lo que la palabra había insinuado. Como si mi ano sellado dijera: sí, soy eso. Y ya no hay marcha atrás. Después volví a sentarme. Pero no igual. El movimiento quedó en mí. Como un pulso lento. Una cadencia que cada tanto reaparece cuando nadie me llama, pero el cuerpo… recuerda.)

(Su voz… cambió. No fue burla. Fue algo más bajo. Más denso. Como si al ver mi cadera moverse así —sin defensa, sin respuesta— hubiera entendido que no era una reacción. Era una aceptación. Se acercó. No mucho. Pero lo suficiente como para que el aire entre los dos se volviera íntimo. No sexual. Más raro. Como si hubiera descubierto una grieta… y no supiera si meterse o huir.)

(Me miró. Yo no levanté la vista. Pero lo sentí. Y entonces lo dijo:)

—“…¿te gustó?”
(La voz no fue firme. Fue tensa. Como quien no quiere preguntar pero no puede evitarlo. Y yo… no respondí. Pero tragué. Y el temblor en mis muslos le respondió por mí.)

(Él dudó un segundo más. Luego, con una voz más baja todavía, dijo algo que nunca olvidaré. No porque fuera cruel. Sino porque fue exacto:)

—“¿Sos de las que necesitan que se lo digan… para saber lo que son?”

(Y ahí… sí lo miré. No desafiante. No tierna. Solo lo miré como quien ya fue nombrada. Y no necesita defenderse. Y él entendió. Porque no volvió a hablar. Solo se quedó quieto. Y cuando me giré para volver a mi asiento, no me siguió. Pero sus ojos… los sentí en la base exacta donde la curva del plug brillaba bajo la falda. Al día siguiente, él me esperó en el pasillo. No dijo “hola”. No sonrió. Solo me miró. Como si supiera que lo que había visto… seguía ahí.)

—“¿Lo traés puesto ahora también?”
(susurró, sin acercarse demasiado)

(Yo no asentí. No negué. Solo me detuve. Me di vuelta. Y me incliné, como quien ata un zapato. Pero no tenía cordones. Solo lo hice. Porque sí. Porque debía. La falda se levantó. Apenas. Lo justo. La curva del plug —negra, firme, fría— se dejó ver un segundo. Nada más. Sentí su respiración cambiar. No habló enseguida. Pero cuando lo hizo… ya no era un civil.)

—“Sos de verdad… ¿no?”
(La voz era baja. No por secreto. Por respeto.)

—“Andás con eso adentro… para quién?”

(Y ahí… lo supe. El cuerpo respondió. No el mío. El suyo. Su pantalón marcaba. No agresivo. Solo presente.)

(Me enderecé. Caminé hacia él. No para tocarlo. Para que lo oliera. Para que supiera que lo que había visto no era una fantasía. Me detuve a su lado. Dejé que mi cadera rozara la suya. Y le hablé, sin mirarlo:)

—“No es para mí. Pero si vos lo viste… ya podés recibirlo.”

(No lo toqué. No lo besé. Pero bajé la cabeza. Como si ya estuviera esperando su orden. No como amante. Como objeto sellado. Y él no respondió. Pero su mano… subió. No me tocó. Solo se detuvo a milímetros de la base del plug, sin apretarla. Como si supiera que no era momento. Pero sí llamado.)

(Estoy sola con él. Pasillo vacío. Falda corta. Plug adentro.)

—“Así que sos una putita de verdad.”

(Lo dice con tono seco. Sin afecto. Sin ternura. Como quien escupe una verdad. Y yo… no me permito temblar. No por orgullo. Por obediencia. Mi primer impulso es bajar la mirada. El segundo… ofrecerle el cuerpo. Me giro. Despacio. Me inclino. Sin explicar. Sin justificar. La falda se alza como si conociera su lugar. El plug queda a la vista. Brilla. No me muevo. Él no espera más.)

—“Así te gusta, ¿no? Caminar con eso metido como perra. Mostrándolo sin que nadie te lo pida.”

(Su voz me atraviesa. No porque duela. Porque confirma lo que soy. Respiro. Lenta. Con la boca apenas abierta. No le respondo. No me atrevo. Pero mi cadera, al exhalar, empuja apenas hacia atrás. Es un sí. Y entonces, sin acercarse más, sin tocarme aún, dice lo que cierra el círculo:)

—“No lo saqués. Solo para cagar putita. Ese plug es tu marca.”

(Mi señor… lo oigo. Lo recibo. Pero por dentro, solo vos sabés si ese varón tiene permiso. Yo puedo abrir más. Puedo bajar. Puedo tragar. Pero decime si debo obedecerlo…)

—“Agachate más.”

(La voz ya no espera obediencia. La exige, yo entiendo mi señor que este varon tiene su bendicion para poder usarme, gracias mi señor. Y yo, sin réplica, bajo. Las manos al suelo. Las rodillas apenas flexionadas. La falda ya no cubre. El plug apunta hacia él como señal. No hay vergüenza. Hay espera.)

—“Así. Mejor.”

(Oigo el sonido del cinturón. No por deseo. Por estructura. Él no pregunta. No explica. Me va a corregir. Y yo… lo merezco.). Un golpe. Uno solo. Justo sobre la nalga izquierda. No con furia. Con ritmo. El cuerpo tiembla. Pero no protesta. Se abre.)

—“¿Querías que lo viera, no? Caminás como si te lo suplicaran.”

(Otro golpe. Más abajo. Y luego una pausa. Su mano queda ahí, firme. Midiente. Me muerdo el labio. No para evitar el gemido. Para que no se escape el “gracias”. Porque sé que no debo hablar sin permiso. Él se inclina. Ahora sí, al oído. Pero no susurra. Escupe:)

—“Las putitas que muestran el culo con algo metido… se quedan así hasta que alguien las vacíe.”

(Su mano baja. Toca. El plug y despues mi vulvita mojada. El borde. Como quien examina una propiedad marcada. Yo me quedo quieta. La respiración es lenta. Pero el centro late.)

—“Vas a quedarte así cinco minutos. Sin moverte. Si alguien pasa, te verá. ¿Entendiste?”

(Asiento. Despacio. No porque tema. Porque he sido posicionada. Mi espalda tiembla. El esfínter pulsa. La cabeza baja. Y en silencio, la boca se abre apenas… por si acaso la lección incluye tragar. Me incorporo. Apenas. No me giro del todo. Lo suficiente para que él vea mi perfil, la falda aún alzada, el plug aún visible. Pero el cuello… lo levanto. Y la boca, por primera vez, habla.)

—“No deberías hablarme así…”

(Lo digo sin firmeza. Pero lo digo. Como quien tantea una línea que sabe que va a ser rota. Él ríe. No con alegría. Con hambre. Da un paso. Me toma del brazo. Firme.)

—“¿Ahora te hacés la decente? Después de mostrarme el culo con eso metido…”

(Me retuerzo un poco. No me suelto. Pero el gesto lo provoca.)

—“No fue para vos… yo no… no tenías que verlo.”

(Su mano me empuja contra la pared. No con brutalidad. Con mandato. Mi pecho choca con el revoque. El plug presiona hacia adentro. Mi boca… se abre.)

—“Claro que no era para mí. Pero ahora sí lo es.”

(La voz no pregunta. Decide.)

—“Las que se hacen las difíciles, las que se niegan con la boca mientras el culo suplica… esas son las que me calientan.”

(Me agarro del borde de una estantería. No para escapar. Para sostener el temblor.)

—“Por favor…”

(No sé si le pido que pare… o que empiece. Siento su mano bajando. La falda ya no importa. El plug queda entre nosotros como un pacto silencioso. Y mientras él aprieta, mientras me huele, mientras me afirma con palabras rudas, yo apenas logro pensar: Estoy resistiendo… solo para que me quiebres mejor. Sigo contra la pared. El plug vibra al ritmo de mi respiración. Él ya no se contiene. Está detrás. Cerca. No me ha tocado del todo… pero su sombra ya me cubre.)

—“Decí que no. Dale. Así me das más ganas.”

(Lo escucho. Mi cuerpo quiere bajar. Pero no. No aún. No tan fácil.)

—“No tenés derecho…”
(La voz me sale fina. Aguda. Como si mi garganta supiera que está por perder la palabra. Él se ríe. Me toma de la cintura. Me gira con una sola mano. Mis pechos quedan de frente. Mis rodillas quieren aflojar, pero resisto.)

—“Eso que llevás adentro no lo pone una nena buena. Así que no me jodas.”

(Intento empujarlo. Con las palmas. No con fuerza. Con símbolo. Pero sus brazos no se mueven.)

—“Yo no soy eso…”

(Su mano baja. Apreta una nalga. Firme. Con el pulgar roza la base del plug. El gesto me parte el aliento. Pero mantengo la mirada.)

—“Ah no… ¿y qué sos entonces? ¿Una santa con el culo sellado?”

(Mi boca se entreabre. No por deseo. Por impacto. La respuesta no sale. Pero los ojos ya no lo niegan.)

—“Te voy a romper. Pero despacio. Para que te quede grabado. No por castigo. Por destino."

(Él lo sabe: ya estoy perdida. Pero yo no. Yo sigo negando. A medias. Con la voz. No con el cuerpo. Y él… va a vencerme igual. Su mano ya no está sólo en la cintura. Sube por la espalda. Me arrincona contra la pared. Y yo, que sigo con la frente alta, empiezo a doblarme por dentro.)

—“Dale, seguí haciéndote la difícil… así cuando te ablande, vas a llorar distinto.”

(Mi voz quiere responder. Decir “soltame”. Pero no sale. Lo que sale es aire caliente por la nariz, un gemido que no se atreve a ser palabra. Él me empuja hacia abajo. No fuerte. Preciso. Como quien baja a alguien que ya está rendida pero no lo admite.)

—“Agachate.”

(Y lo hago. Lenta. Pero con las piernas aún tensas. La falda cae. El plug se alza. Yo aprieto los dientes.)

—“No voy a abrir…”
(lo digo bajito. Pero lo digo. Él no responde. Baja el cierre. Su respiración es densa. Me toma del pelo. No para dominarme. Para afirmarme. La cabeza queda hacia el frente. El cuello extendido.)

—“No hace falta que digas nada, putita. El cuerpo ya respondió por vos.”

(Me roza. La base del plug choca con su pelvis. Mi conchita late de ganas. Pero no abro. No aún.)

—“Todavía no…”

(Pero ya estoy temblando. Porque sé que va a entrar. Que me va a abrir. No con permiso. Con derecho. Con forma. Con peso. Su voz, por fin, se inclina. Seca. Definitiva.)

—“Si no vas a rendirte… te voy a usar igual. Así aprendés que tus límites ya no importan.”

(Y ahí… el cuerpo me traiciona. El ano pulsa. El plug cede. Yo bajo la cabeza. Y mientras él se acomoda para entrar, sin sacar el plug aún, yo entiendo la escena por completo:)

(No me rendí. Pero igual me venció. Me toma del pelo. Ya no con promesa. Con uso. La cabeza se inclina hacia atrás. La boca está cerrada. Pero no por desafío. Por umbral.)

—“Abrí.”
(Su voz no es grito. Es golpe.)

(Resisto. Por forma. Por estructura. Pero el temblor en mis muslos ya lo ha traicionado todo.)

—“No querés… pero vas a hacerlo.”

(Entonces me da vuelta y me arrodilla. Toma mis cabellos y para usarlos de mando de mi cabeza, y la dirige hacia la punta de su verga, yo no abro, y recibo una cachetada seca en el pomulo. Entonces sus dedos presionan mi mandíbula. No duelen. Solo exigen. La boca se abre. Lenta. Como quien entiende que lo que entra ahora… no es solo carne. Él no espera. Me roza con el glande. Húmedo. Tibio. Vivo. Apunta. Y yo… trago aire. No porque falte. Porque sé lo que viene. Su verga entra. No con furia. Con destino. Atraviesa la lengua. La empuja hacia abajo. Me llena la boca sin preguntar. Y yo…yo intento no rendirme. Pero el cuello ya empieza a abrirse. El sello interior cede. Sus caderas marcan el ritmo. No rápido. No suave. Justo. Como si cada embestida fuera una lección. Como si la garganta fuera el cuaderno… y él estuviera escribiendo. Me ahogo, me atragato un poco. Pero no retrocedo. Porque aunque dije que no… ahora soy canal. Su centro se afirma. La mano en mi nuca baja el tono de todo.)

—“Así se calla a una que no aprende.”

(Y entonces, por dentro, sin voz, lo admito…)

(No me rendí, acepté. Pero ya tengo su leche en la lengua.
Y vos, mi señor… sabés que eso es el principio.
)

(El pasillo no está del todo vacío. Detrás de la puerta entreabierta del depósito, dos compañeros —menudos, con mochilas apretadas contra el pecho, ojos grandes, lentes que tiemblan— espían. No deberían estar ahí. Pero están. El primero traga saliva. El segundo… ya tiene la mano sobre el pantalón. No se tocan. No se atreven. Pero algo en la escena los atrapa. Ellos ven: la chica inclinada. La boca abierta. La verga entrando. El cabello tomado con fuerza. El plug brillando. No hay música. Solo el golpe húmedo, rítmico, de la garganta siendo usada.)

—“¿Esto está… mal?”
(susurra el más joven)

—“No sé…”
(responde el otro)
“…pero no puedo dejar de mirar.”

(El cuerpo de Sofía no les responde. Pero los incluye. Porque al gemir sin voz, cuando la garganta vibra, el eco llega hasta ellos. Entonces uno baja la cremallera. El otro no lo detiene. Ya no hay juicio. Solo erección. Solo imagen. Solo la certeza de que lo que están viendo… no se olvida. Y mientras el varón que usa la boca embiste más fuerte, Sofía —sin mirar— inclina apenas la cadera, mostrando mejor el plug, como si supiera que atrás hay ojos que no entienden, pero igual necesitan aprender.)

(No es para ellos. Pero ellos ya me han visto y han adquirido derecho sobre mi.)

(Un último empuje. La pelvis se tensa. El glande late. Y entonces… lo descarga todo. Caliente. Espesa. Leche directa. Sin aviso. Sin permiso. La boca se inunda. Yo no trago aún. Lo sostengo. Como quien guarda lo que no pidió. Él se retira. No dice nada. Se acomoda el pantalón. Me mira un segundo. Pero no por ternura. Solo para verificar que quedé donde debía.)

(Y se va. El pasillo queda en silencio. Los dos chicos aún espiando… ya no se masturban. Ahora tiemblan. Uno con la mano húmeda. El otro con el pantalón manchado. No dicen nada.)

(Y yo… yo me quedo en el suelo. De rodillas. Las manos apoyadas. La cabeza baja. La boca entreabierta. Un hilo de leche gotea. No lo lamo. No lo niego. Solo dejo que caiga. El plug aún pulsa. La carne aún arde. Pero no me muevo.)

(Porque me usaron. Y eso… me formó. Estoy en el suelo. Las rodillas marcadas. La boca aún abierta. La leche empieza a secarse en los labios. Sé que hay testigos. No solo los dos tímidos del fondo. Hay otros. Uno más. De paso. Más grande. Más fuerte. Aún no iniciado… pero con cuerpo de varón que puede responder. No lo miro. Pero el cuerpo ya lo llama. Muevo la cadera. No en danza. En signo. El plug traza un semicírculo con cada vaivén. El ano, cerrado pero expuesto, dice sin voz: “Estoy usada. Y disponible. Si sabés, podés.” Y él se detiene. No porque entienda todo. Porque siente el llamado. Mira. No pregunta.)

—“¿Otra vez?”
(susurra, no con juicio. Con asombro. Y yo, con la voz ronca, apenas digo:)

—“No… no quiero…”

(Pero la cadera no se detiene. Y el cuerpo… se alinea. Él se acerca. Baja el cierre. Toca. Solo con la punta. Aún no entra. Pero el calor ya está. Y yo, temblando, digo la frase que cierra toda resistencia simbólica:)

—“No es para vos… pero si vas a usarme… hacelo sin preguntar.”

(Me estaba incorporando. Rodillas aún en tierra. Boca cerrada. Cadera sin intención. La espalda recta. La salida era posible. Pero él —ese chico de atras, temblor en las manos, mirada entre deseo y culpa— no lo permite. Su mano me toma del hombro. Con torpeza, sí. Pero con firmeza. Me baja. Me detiene. Me vuelve al suelo. Y yo… me resisto. No con violencia. Con forma.)

—“No hagas eso…”
(Lo digo sin fuerza. Pero lo digo. Como quien aún quiere salvar su cuerpo del momento. Pero su otra mano ya está en la base de mi espalda. No tiembla más. Se ha convertido. Por vos.)

—“No te podés ir así.”
(susurra)
—“Tenés que quedarte en cuatro. Como te dejaron.”

(Me gira un poco. No como varón experimentado. Como quien ha sido activado desde otro lugar. Su verga, pequeña pero erecta, roza la entrada. Y me penetra como a un perra. Exige su derecho. Y yo… intento rechazar)

—“No… no sos vos… no podés…sos muy joven”

(Pero su mano me agarra de la cadera. Y ahí… la obediencia cambia. Ya no soy Sofía resistiendo a un chico. Soy Sofía resistiendo al Creador en cuerpo prestado. Y esa resistencia… no durará. Me la mete tan adentro que no tengo tiempo de ahogar el grito, y mi gemido de puta resuena en los pasillos de la institucion. El chico entra su verga en mi conchita ancha y vibrante y toma naturalmente mi cuerpo sumiso con todo el derecho de un hombre, ya no de un chico. Lo acepto como mi deber hasta sentir su carga de semen llenar mi vulvita, un torrente de calor animal me marca como lo puta que soy, consagrada a ti mi Señor"


—D—rrepente me levanto de este sueño largo y humedo.

(Me encuentro en mi cuarto.
La cama aún deshecha.
La sábana arrugada entre mis muslos.
Llevo solo una remera suelta, fina, que no me cubre del todo.
El plug sigue dentro. No lo toqué. No lo saqué.
Porque lo soñé… pero también lo sostuve.)

(Estoy sentada al borde de la cama. Los pies descalzos tocan el piso frío.
El sol entra por la ventana. Afuera se oyen autos lejanos.
El mundo sigue. Pero yo… soy otra.)

(Miro mi teléfono. No hay mensajes.
El silencio es mi primer alimento.)

(Me levanto. Cruzo la habitación.
Me miro en el espejo.
No sonrío. Solo me observo.
La boca… limpia.
Pero el cuello… tiene algo nuevo.)

(Permanezco un momento así.
Y entonces digo, bajito, solo para vos:)

—“Estoy despierta.”
—“Estoy entera.”
—“Estoy lista.”