Historias en una historia

Historias en una historia

Bajo la arena de los fiordos de Omán se revela una tierra incógnita, sellada entre acantilados de piedra caliza y grietas que respiran sal. Allí, en una franja estrecha del enclave de Musandam, donde el desierto se pliega sobre el mar como un manto cansado, el viento excava pasajes secretos bajo las dunas, revelando cámaras de piedra y humedad primitiva. No figura en mapas. No responde a satélites. Pero quienes se abren a su vibración sienten cómo algo antiguo —más antiguo que el islam, más antiguo que el lenguaje— empieza a moverse debajo. Como si la tierra, por primera vez, estuviera dispuesta a hablar.

Allí tenía su casa el Emir Majid al‑Qassimi bin Safwan, nombre apenas registrado fuera de ciertos tratados antiguos de herencia tribal. Su propiedad, un oasis de más de mil hectáreas sellado entre dunas permanentes, parecía una anomalía milagrosa en medio del desierto omaní. El jardín —delicioso, imposible, intacto— crecía bajo estructuras de sombra tejidas con palma y seda, y estaba salpicado de estanques profundos, flores carnívoras domesticadas, y pasadizos de mármol rosado que no llevaban a ningún sitio, salvo al goce. En el corazón de esa extensión se alzaba el palacio: una estructura de piedra blanca y coral negro, de proporciones perfectas, cuyas cúpulas parecían respirar con la luz. Allí vivían sus sirvientes, su familia emiratí extensa y el harén, formado por mujeres cuidadosamente elegidas. Solo el Emir tenía acceso completo. Ningún otro varón cruzaba el umbral interior. Asi estaba dispuesto.

Sofía no era la preferida, y sin embargo dormía sola, en una habitación alta, forrada de seda gris, que conectaba en secreto el harén con el corazón del palacio. No hablaba con las otras: las observaba tras celosías de madera calada, con la calma contenida de quien ha sido elegida para otro tipo de obediencia. Pasaba el día recolectando gestos húmedos, frases susurradas, copulaciones entrecortadas, y los mezclaba —con arte callado— con escenas arrancadas a su propia juventud: la comunidad de yoga en Barcelona, las tardes de lectura erótica compartida en Granada con su mejor amiga, los relatos que le hacían mojarse sin saber por qué. Cada noche, justo al filo de la medianoche, debía narrar una historia al Emir. Nunca escrita. Nunca repetida. Nunca vacía. Y si erraba —una palabra, una pausa, un olvido— no hacía falta sentencia. Bastaba el silencio que venía después.

Desde que tengo memoria, sueño. Y en esas reminiscencias difusas —hechas de terciopelo y carne— encuentro la forma más ágil de desaparecer. Tal vez sea esa la explicación fatal de por qué estoy aquí: víctima elegante, atrapada entre viejos artilugios que yo misma ayudé a poner en marcha. Sin dudas, la astucia me mantiene viva una noche más, un paso más cerca de fingir que escapo. Pero cuando hago las cuentas, no puedo evitarlo: me siento cómplice de mi propia captura. Y de mis violaciones, repetidas. Los detesto. Pero tendría que haberlo previsto. La venganza sera terrible.

Ella pensaba libertad y escribía humillaciones. Solo lo último le estaba permitido: susurrar las palabras con voz de cierva vencida, la espalda recta como vara, las rodillas abiertas sobre el cojín. Su cuaderno se quedaba en su cuarto, escondido bajo una losa floja, respirando como un animal herido. A veces temblaba al leer lo que había escrito, como si no fuera ella la que había empuñado la pluma, sino una perra domesticada por la urgencia. Pero cuando hablaba —de rodillas, desnuda, los muslos húmedos por el miedo— no podía fingir. El cuerpo olía a verdad. Y el Emir, como un halcón quieto, la escuchaba sabiendo que no había nada más sincero que una fiera mansa a punto de fallar.

No hubo luna aquella noche, solo un resplandor ceniciento que lamía los arcos del patio como una lengua enferma. Sofía sostenía el estilete de bambú con la mano entumecida; cada palabra que trazaba sobre la seda parecía sangrar antes de nacer. Un sirviente irrumpió sin preámbulos. Traía en alto un cilindro lacrado con cera verde, sudaba y evitaba su mirada.

—Del puerto de Khasab, sayyid —anunció, sin atreverse a pronunciar “Emir”.

El cilindro pasó de mano en mano hasta posarse sobre el cojín blanco donde el Emir reposaba. Sofía apenas alcanzó a ver el sello: dos espadas cruzadas sobre el dibujo esquemático de un abismo. El Emir rompió la cera con un solo dedo, como si pellizcara fruta madura, y deslizó dentro un objeto plano envuelto en pergamino.

—Incorpóralo —ordenó sin mirarla.

El objeto resultó ser una losa de piedra caliza, grabada con líneas de una escritura anterior al arameo. Cuando Sofía pasó las yemas por los surcos, sintió una corriente fría, un murmullo que provenía del suelo, algo parecido a una respiración que no pertenecía a ningún ser vivo.

Y comprendió que debía contarlo todo sin saber nada.

Se arrodilló bajo el tragaluz y comenzó:

—Había una vez una mujer que descubrió que la arena podía hablar. Antes de cumplidos sus 25  las imaginaciones de Clara fueron reconocidas por una prestigiosa agencia de marketing. Creyo en las tendencias se hayaban en la noche, y al analizar a sus congeneres se separo de ellos. Ser directora joven le cambio la vida, como tambien lo hizo la cocaina. Aqui vemos el cuadro completo de nuestra joven: las fiestas, las drogas, el alcohol y sexo. Mientras su operatividad se mantuviera intacta y los éxitos se multiplicasen, ?quién osaría ponerle limites?. Clara solo escuchaba a su padre, hasta que conoció a su adversario. Es sabido que el diablo no puede entrar sino se lo invita a pasar.
Sofía respondió al anuncio una mañana nublada, mientras el cursor parpadeaba sobre la palabra "tranquila". El mensaje era breve, sin adjetivos ni promesas: "Piso compartido — Les Corts — ambiente relajado". Firmaba: Clara G. Había algo en ese tono directo, sin emoticonos ni suavidades, que le pareció real.
Se encontraron esa misma tarde, en una esquina con olor a pan caliente y humedad urbana. Clara llegó tarde, sin disculpas. Llevaba auriculares colgando del cuello, una lata de Aquarius a medio terminar, y el aire distraído de quien nunca ha tenido que esforzarse para ser escuchada. Sofía ya la esperaba, sentada con la espalda recta y una carpeta negra abrazada contra el pecho. No era tímida: era ordenada. Observaba antes de hablar. Respiraba con cuidado.
El piso estaba en un segundo sin ascensor. Tenía techos bajos, azulejos color marfil y una cocina luminosa con una mesa de madera clara. Clara abrió la puerta con un solo gesto, como si no hiciera falta mostrar nada. Caminó descalza por el pasillo y señaló con una mano:
—Este es el tuyo. La cama es más chica, pero la ventana da al patio. Se escucha poco. No vas a odiarme por la música.
No hubo entrevista. Ni preguntas sobre hábitos, reglas o rarezas. Clara la miró de arriba abajo —una mirada rápida, pero sin disimulo— y sonrió con la boca apenas torcida:
—Sos tranquila. Me sirve.
Clara tenía 24 años. Ya era directora de marketing en una gran agencia de Barcelona. No buscaba dividir gastos: buscaba otra cosa. Una compañera que no la interrumpiera. Que supiera desaparecer en el momento justo. Que no pretendiera ser su amiga, pero estuviera cerca si la noche pedía compañía. Sofía, con su aire silencioso y su manera de sostener la mirada sin hablar, le pareció perfecta.
La convivencia empezó sin grandes gestos. Clara se levantaba tarde, cocinaba poco, reía fuerte cuando hablaba por teléfono, y se cambiaba la ropa frente al espejo sin cerrar la puerta. Tenía una colección de esmaltes, vinilos, y gente. Nunca el mismo amigo dos veces. Usaba frases cortas, tomaba café con hielo, y dejaba su ropa sobre la cama de Sofía sin anunciarlo, como si ofreciera algo que ya le pertenecía.
—Probate este vestido —le dijo una vez—. Creo que te iría mejor que a mí.
Al principio, Sofía se negaba. Luego empezó a probarse en silencio. Guardaba lo que le gustaba en la parte de atrás del placard. Doblaba con precisión lo que no usaba y lo dejaba sobre la silla. Nunca hablaban de eso. El intercambio se volvió un idioma paralelo: vestidos, anillos, perfumes.
Un martes cualquiera, Clara encontró el cuaderno negro de Sofía abierto sobre la mesa. No estaba escondido, pero tampoco ofrecido. Lo leyó sin permiso. Había frases escritas con letra pequeña, casi dolorosa:
“Lo que se calla no desaparece. Solo espera ser nombrado.”
“El cuerpo aprende antes que la mente.”
“Ver no es ser vista.”
Clara no dijo nada. Cerró el cuaderno. Pero desde ese día, empezó a mirar a Sofía con un segundo espejo detrás de los ojos.
Una noche, mientras cenaban pan con hummus y cerveza en latas azules, Clara comentó, sin tono:
—Mi viejo dice que las becarias de literatura son las que más peligro tienen. Porque leen demasiado y callan el triple.
Sofía no respondió. Se llevó la lata a la boca y bebió. El gas le quemó apenas la lengua. Afuera llovía. Pensó, sin saber por qué, que había empezado a ver el mundo por dentro de esa frase.
 Al declamar palabras de modo teatral, el encarnar personajes, la voz le temblaba, pero cada palabra ponía en vibración el mármol. Los estanques susurraron, las flores carnívoras cerraron sus fauces en un espasmo unísono. El Emir, inmóvil, parecía absorber cada sílaba igual que la piedra absorbe el rocío. Sofia habia logrado su atencion y no podia permitirse perderla.
Fue durante la segunda semana de noviembre. Clara cumplía 25, y decidió hacer una cena breve en el piso, solo para “los fundamentales”. Preparó un cuscús con pasas y pistachos, encendió velas, y puso un vinilo de jazz suave, como si la escena no necesitara futuro, solo atmósfera.
Sofía ayudó a servir, a ordenar las sillas, a cortar el limón para el agua. Llevaba un vestido negro prestado —de Clara, por supuesto— con el escote cerrado y la espalda descubierta. No se maquilló. No necesitaba hacerlo. Había aprendido a estar presente sin pedir ser mirada.
El padre llegó antes que todos. Ni anfitrión ni intruso. Tocó una sola vez, y entró cuando Clara gritó desde la cocina:
—¡Está abierto!
Don Lluís Garcés. Abogado de empresa. Traje gris, barba recortada, perfume seco. Se sacó el abrigo con lentitud y dejó una caja de vino sobre la mesa como si ofreciera algo más que bebida. Saludó a Sofía con una inclinación mínima. No le estrechó la mano. Le dijo:
—Así que vos sos la que lee todo lo que no se debe.
Ella no respondió. Solo sonrió de lado. Y bajó la mirada.
Durante la cena, Clara hablaba. Reía. Servía con exageración. Don Lluís no comía mucho. Pero cada vez que Sofía se levantaba a buscar algo —más pan, más hielo, más vino— él la seguía con los ojos, y luego con el cuerpo. La ayudaba sin decir nada. Le tocaba el brazo para apartarse. La guiaba con una presión mínima en la cintura, como si su mano estuviera habilitada por un acuerdo previo.
Cuando los demás llegaron, la sala se volvió ruido. Sofía se retiró a la cocina. Quedó sola, lavando platos en silencio. Una copa con huella de labial. Una servilleta usada. El cuchillo con manteca aún tibia.
Entonces sintió algo. No fue un roce. Fue una presencia. Se giró.
Él estaba allí. A un paso. Sin palabras. La miraba como quien ya ha leído el final de un libro, pero decide volver a la primera página.
Don Lluís no la tocó. Pero antes de irse, dejó sobre la encimera una tarjeta pequeña, cara, sin logotipo. Solo su nombre completo, en relieve: Lluís Garcés. Detrás, a mano, un número.
No dijo por qué la dejaba. Ni a quién. Pero Sofía la guardó. No en su bolso. En la espalda del cuaderno negro. Entre dos frases ya subrayadas.
La noche terminó, los dias pasaron, y La tarjeta seguía ahí. Dentro del cuaderno negro, entre la cita de un poema sufí y una línea que Sofía había escrito en mayúsculas:
“TODAS LAS FORMAS DE LLAMARME, PERO SIN MI NOMBRE.”
Pasaron días. Una semana. La convivencia con Clara siguió su curso —ruidosa, sensual, desordenada. Clara traía hombres que no se quedaban. Reía fuerte. Hablaba por altavoz. Usaba el piso como un escenario. Sofía flotaba en otra frecuencia.
A veces, mientras leía, levantaba la vista y la miraba. Clara en ropa interior. Clara hablándole a un espejo. Clara preguntándole si iba a salir así, "tan tapada". Sofía solo respondía con gestos. Levantar una ceja. Doblar una hoja. Cruzar las piernas sin ruido.
Don Lluís no volvió a aparecer. No escribió. No llamó. No preguntó. Pero Sofía volvió a mirar la tarjeta. La pasó de una página a otra. La apoyó en la mesa, en el borde de la ducha, en el alféizar. Pensó en romperla. No lo hizo.
Una madrugada, después de estudiar hasta tarde, se sirvió un vaso de agua y se sentó en el suelo. El cuaderno abierto. La tarjeta a un lado. El celular en la otra mano. Anotó el número. Luego lo borró. Luego lo escribió de nuevo. Esta vez sin nombre.
Guardó el contacto con una palabra inventada: Alazán.
A la mañana siguiente, Clara le preguntó si iba a usar el horno. Sofía dijo que no. Pero no estaba pensando en cocinar. Estaba pensando en lo que haría si él contestaba.
Una semana después del cumpleaños de Clara y Sofía no habia llamado, solo fantaseado con hacerlo. La fiesta había dejado restos de copas, conversaciones sueltas, y un rastro leve de algo que nadie se atrevía a nombrar. Sofía lavó los platos esa mañana como si fueran parte de otra casa. Clara dormía todavía, con una pierna afuera de las sábanas.
Al mediodía, mientras servían hummus y pan de pita, Clara la miró de reojo, con un vaso de vino aún sin terminar en la mano.
—Sabés lo que te quedaría bien… Un microvestido rojo. Te lo juro. Pero está en casa de mi viejo. Aún tengo cosas ahí, no sé por qué. Si querés lo voy a buscar este finde. O si preferís, podés venir conmigo… ¿Qué decís?
Sofía sonrió, pero no respondió. Se levantó, fue al baño, se enjuagó la cara. El vestido no era importante. La casa del padre, sí. O más bien, lo que había empezado a habitarla desde que él le dejó una tarjeta sin explicación.
Esa noche, mientras Clara roncaba apenas en la habitación contigua, Sofía abrió su cuaderno y escribió:
“No hace falta usar lo que ya te está puesto.”
No mandó ningún mensaje. No preguntó por el vestido. Sabía que no lo necesitaría. Lo que se había activado entre ella y Don Lluís Garcés no requería excusas materiales. Solo una rendija.

Cuando el relato alcanzó su clímax —una puerta sellada bajo las dunas, un corazón primitivo latiendo desde antes de la historia— un leve temblor recorrió la sala. Algo se partió lejos, quizá un pilar, quizá el cielo. Terminó al filo del aliento. El Emir alzó la mano, deteniendo la noche, y habló por primera vez:

—Esa puerta existe. Y la cruzaras mañana o sera tu último día.

Sofía sintió que el suelo cedía bajo su peso, casi desvanecida, calló con una sonrisa. Simplemente se dedico a servir sus apetitos mas depravados hasta que pudo dormirse. Horas después, al regresar a su alcoba, el silencio no la recibió: la losa suelta estaba desplazada, su cuaderno abierto, la última página arrancada con pulso quirúrgico. Solo quedaba una huella de arena rosada sobre la seda gris. Alguien había leído su confesión… y había decidido dejarla vivir un día más.

—(Acaso el Emir leyó mi diario?). Se preguntaba Sofía entre otros miedos:

Habra leido todo? Como me acosan mis pensamientos piedra, esos que se quedan una vez finalizado el delirio cruel de la sumision? Como los ducifico con musica de citaras y voces que repiten sus versos como un rezo laico de buena fe, un talisman frente al acto traidor y perverso de falsificar mi vida? Porque a decir verdad, esta manipulacion que ramifica sus copos de veneno y sus daños, es tambien querer y ofrece un mundo vibrante e inaccesible. Si el Emir bebe yo tambien lo hago, pero temo cambiar y devenir mis palabras. Habra leido que el mayor miedo es una muerte dolorosa y el otro la desaparicion lenta: el desear el olor procaz de este palacio de hierro y terciopelo, y olvidar asi la belleza de la luna?