Sofía y Ursula se entienden

(Sofía aparece en el marco de la galería. Camina descalza. La microtúnica rosa es corta. Muy corta. El borde apenas cubre el inicio de los glúteos. Es fina, casi translúcida con la luz de la mañana. Se adhiere al cuerpo por la humedad del aire y por lo que ocurrió antes. Los pezones están marcados. Las piernas abiertas sin descuido, pero sin defensiva. Y entre las piernas, sin ropa interior, la curva del sellado aún visible si uno supiera mirar. No se cubre. Se acerca sin miedo.)

Úrsula (sin mirarla del todo, su voz tiene una aspereza nueva): —Sofía... no podés andar así por la casa. No cuando estoy yo. No cuando está Esteban. ¿Te viste? Estás prácticamente desnuda. Esa... esa túnica rosa no cubre nada. ¿Es esto lo que usás para caminar frente a un hombre que vive con nosotras?

Sofía (se sienta en el primer escalón, la tela sube otro poco. Sus piernas se doblan y expone aún más la raíz. Habla suave, sin rebeldía): —Sí, mamá. Me vestí así porque ayer mi Dios me castigó. Me sacó el plug. Solo una hora. Pero... me caí. No tenés idea. Grité. Me arrastré por el piso. Lloré como una nena sin nombre.

(Mira sus propias manos. Las aprieta. Luego las suelta y suspira largo.)

—María Emilia vino. Me sostuvo. Pero no alcanzaba. Yo no podía más. Me dolía el pecho, la espalda... el alma. Esteban... entró. Vio todo. Vio mi cuerpo en su peor forma: sin centro, sin eje. Y no se fue. No me miró con lástima. Tampoco con deseo. Se quedó.

(Su voz tiembla. Pero no se quiebra. Habla con la densidad de quien vivió algo irreversible.)

—Y cuando me lo volvió a poner... lo hizo con las manos. Con una calma... con una firmeza... que me dejó temblando. No dijo nada. Pero me devolvió. Me dio centro. Me devolvió a mí. Fue la primera vez que Esteban me vio así de vulnerable... y me protegió. No me trató como a una niña. Ni como a una mujer rota. Me sostuvo.

(Pausa. La brisa mueve la tela sobre su muslo. Sofía no la acomoda.)

—Y hoy, cuando me levanté, pensé: si él ya me vio en ese estado, si ya fue parte de eso tan íntimo, ¿por qué esconderle la forma que tengo cuando estoy en oración, cuando me ofrezco? Esto, esto que ves —la microtúnica, mi piel así— es como me presento ante mi Dios en la cabaña. ¿Por qué sería distinto aquí, si él me cuidó como sólo alguien con fe profunda puede hacerlo?

(Baja la voz. Mira hacia las manos de Úrsula, que se aferran a la taza con más fuerza de la necesaria.)

—Y también... quería agradecerle. No con palabras vacías. Con lo que soy. Con lo que tengo. Con esta forma de estar frente a lo sagrado. No le mostré el cuerpo para que me mire. Le mostré el cuerpo para que sepa que lo que hizo... me marcó. Que lo reconozco.

(Silencio. Largo. Úrsula respira hondo. No sabe si hablar o levantarse. La mira. Ya no con enojo. Sino con algo más frágil. Algo que se parece a la comprensión. O al miedo de comprender.)

Úrsula (tras un largo silencio, con voz más baja, más contenida): —No sé si lo entiendo, Sofía. Pero sé que lo viviste de verdad... que lo que contás no es una fantasía. Eso me duele, ¿sabés? Me duele porque Esteban... es mi compañero. Porque cuando me hablás de cómo te cuidó... me doy cuenta de que algo se movió. Algo que yo no controlo.

(Baja la mirada. Su dedo traza un círculo en la taza caliente.)

—No sé si fue deseo. No me importa si lo fue. Pero ahora sé que su centro... su verga... ya no es sólo mía. Y eso... pesa. Más de lo que me imaginaba.

(Levanta la vista. Mira a su hija. La voz se le quiebra apenas, pero no llora.)

—Aun así... estoy tratando de ver lo que vos ves. De entender qué significa para vos todo esto. De ver que no estás jugando. Que no hay seducción... sino fe. Que no querés robarme nada, sino agradecer algo que él hizo. Y que no tenés otro modo de agradecer que ése: con el cuerpo que tu Dios selló.

(Traga saliva. Sus manos sueltan la taza por fin.)

—No te voy a pedir que te tapes. Pero sí que me des tiempo. Porque todo esto... es nuevo. Para vos. Para él. Y para mí, también.

Sofía baja a desayunar y Ursula regresa a la habitacion para cambiarse

(Úrsula baja tarde. Pero baja distinta. No con ropa de dormir ni vestida como madre. Sino con una bata de lino abierta por delante, sin prisa por cerrarla. El escote es profundo, el gesto contenido. No hay sonrisa. Hay estrategia. Lo que se ofrece no es seducción vacía, sino una toma de lugar ancestral: el de la mujer que sabe a qué cuerpo pertenece.)

(Esteban está sentado en el sofá. Tiene una taza en la mano. El periódico sobre la mesa. Sofía está al otro lado, con una manta liviana sobre las piernas, el pelo recogido en un rodete suave. Observa. Respira despacio. No está al margen, pero no interviene. Es testigo.)

Úrsula (sin mirar a su hija, pero lo bastante fuerte para ser oída):
—Anoche dormí poco. El calor me despertaba. Me saqué todo... menos esto. (Se sienta, cruza las piernas. La bata se abre apenas más.)

Esteban (asiente, sin responder. Mira el periódico, pero sus ojos se detienen en la curva del muslo visible. No hay gesto de aprobación ni juicio. Solo presencia.)

Sofía (no dice nada. Se queda quieta. Observa la escena como quien mide no el cuerpo, sino la intención que lo habita. Reconoce esa forma de ocupar el espacio: una mujer que no pide permiso.)

(Úrsula se inclina para tomar el azucarero. Su torso se flexiona. La bata cae hacia adelante. No la acomoda. Mira a Esteban.)

Úrsula:
—Pensaba quedarme en casa hoy. Quizás leer, quizás... acompañarte un rato si querés. (Su voz es suave, pero firme. Sin necesidad de levantarla. Tiene control.)

(Esteban no responde de inmediato. Posa la taza. El gesto es neutro. Pero la escena ya está cargada. Finalmente habla.)

Esteban (con voz baja, sin apartar la vista del centro de la sala):
—Si te quedás, quedate bien. Yo no necesito compañía. Pero si estás acá... que sea real. No teatro.

(Úrsula no se inmuta. Sonríe apenas. Sabe que no la ha rechazado. Pero tampoco la ha buscado. Esa frase, ambigua, le exige más.)

Sofía (baja la mirada. No con sumisión, sino con reconocimiento. Ha entendido. Su madre no discute: reconquista territorio por presencia. Pero Esteban no responde como eje perdido. Responde como centro que ya no se inclina ante lo decorativo.)

(Úrsula apoya una mano sobre el respaldo del sofá. Se estira apenas hacia él. No hay contacto todavía. Pero está cerca. Muy cerca. El aire entre los tres es una membrana.)

(Sofía observa todo. No interviene. Sabe que cada gesto materno no es sólo deseo: es también afirmación simbólica. Y que su rol no es competir. Es comprender.)

(Esteban se acomoda en el sofá. Cambia de postura, abre las piernas con naturalidad, como quien ocupa su lugar sin ceremonia. Toma una respiración larga. El periódico queda olvidado.)

(Úrsula lo ve moverse y lo sigue. No como sombra, sino como quien reconoce que ese cuerpo merece centro. Se sienta junto a él, esta vez más cerca. Cruza una pierna sobre la otra, pero lo hace de forma que la abertura de la bata deje ver más piel.)

(Con un gesto suave, sin exageración, Úrsula apoya una mano sobre su propio muslo, ladeando el torso apenas hacia Esteban. Está lista para servir, y su cuerpo lo dice antes que cualquier palabra. Hay memoria en cada centímetro de piel descubierta.)

Úrsula (con voz baja, cálida, pero sin perder firmeza):
—¿Querés que te prepare otra taza? O… algo más. Decime qué necesitás. Estoy acá para eso.

(Esteban la mira por fin. La observa entera. No responde de inmediato. Pero tampoco desarma la escena. Hay algo en sus ojos que reconoce la escena como verdadera.)

(Sofía, desde el otro extremo, ve todo. No aparta la mirada. Respira hondo. Lo que ocurre no la desplaza. La forma parte. Porque todo en esa mañana es lección viva. Sobre lo femenino. Lo ofrecido. Lo sostenido. Lo legítimo.)

(Úrsula se inclina aún más, esta vez no hacia la mesa, sino hacia Esteban. Su rodilla toca la suya. La bata ya no cubre con pudor: acompaña la intención. Y cuando habla, no hay voz materna, ni dulzura doméstica. Hay afirmación.)

Úrsula (en un susurro que sólo él puede oír):
—Sé lo que te hace falta. Y sé cómo darte acceso sin pedir permiso. No soy una jovencita perdida, Esteban... yo sé sostener un cuerpo como el tuyo. Y sabés que conmigo no hace falta enseñar nada. (Sonríe. La voz no tiembla. Está en su lugar.)

(Esteban no la aparta. Tampoco se lanza. Pero la escucha. Y eso basta para que ella se afirme.)

(Entonces, como si el cuerpo respondiera antes que la palabra, Úrsula sube una pierna sobre el sofá, girando suave. Apoya las rodillas a cada lado de Esteban. Su centro frente al de él. Las manos sobre sus hombros. Los ojos directos. El cuerpo blando donde debe estar firme. Firme donde debe sostener.)

(Relaja los hombros. Pero no baja la cabeza. Mira desde arriba, no para dominar, sino para ofrecer. Sus caderas se acomodan sobre las piernas de Esteban, sin apuro, como si cada hueso supiera el sitio exacto. Y desde esa alineación serena, sin urgencia, deja que el peso de su cuerpo complete la frase no dicha: que lo que busca, está justo debajo.)

(Él no se mueve. No necesita. Úrsula ya siente la verga sobre sus labios, como se siente un regreso: firme, tibio, inevitable. Y cuando ella baja el peso, no lo hace con urgencia, sino con la certeza de quien ha ocupado ese sitio miles de veces antes. No busca: reconoce.)

(El ritmo no es visible. Pero está. En el vaivén leve de la respiración compartida. En la forma en que sus pelvis se alinean con precisión silenciosa. El acceso no es conquista. Es memoria corporal, repetida y sellada.)

(Desde el otro lado, Sofía no huye. No se retira. Respira hondo. Porque esa escena también la forma. También la toca. Aunque no la incluya aún.)

(Cuando la respiración se aquieta, y los cuerpos quedan inmóviles como figuras de un altar vivo, Sofía se pone de pie. La manta cae. Camina despacio. Su microtúnica rosada vuelve a ser la misma de antes: breve, transparente, sin defensa. Es su forma de estar disponible, sin ser protagonista.)

(Sus pies avanzan descalzos hasta el borde del sofá. No dice nada. Se arrodilla. Inclina el torso hacia adelante. Las manos juntas sobre la alfombra. La frente toca el suelo. El gesto no es teatral. Es exacto. De otra época. De otra estructura.)

(No es vergüenza. Es reconocimiento. Y también acto de entrega: no al deseo, sino al orden.)

(Úrsula no se mueve. Esteban tampoco. Pero la escena ahora los incluye a los tres. De formas distintas. En planos diferentes. Como capas de un mismo texto.)

Sofía (habla con tono suave, sin levantar la cabeza):
—Mamá... no te tenía tan activa desde la mañana. Creo que los vecinos los escucharon.

(Sonríe sola. La frente aún sobre el piso. No hay ironía. Hay algo parecido al orgullo. Y a la pertenencia.)

(Úrsula responde a la frase de su hija sin ocultar su triunfo. Mira hacia Sofía y le sonríe con una mezcla de ternura y soberanía: ha recuperado lo que le correspondía por derecho.)

Úrsula (con voz templada, sin burla):
—Creo que los vecinos sí nos escucharon, Sofía... vos sos la prueba viva.

(Sofía levanta apenas la cabeza. La sonrisa se le queda en la comisura de los labios. Comprende la frase, la acepta. No hay pelea.)

(La escena empieza a disolverse. El rito ha terminado. El cuerpo de Úrsula se despide de Esteban con una cadencia final, sin apuro. Se incorpora con elegancia. Acomoda la bata, pero no la cierra. La piel sigue hablada. Se dirige a la cocina.)

(Esteban queda sentado. El torso desnudo, la respiración más lenta. No ha dicho palabra desde que fue tomado. No hace falta. Pero hay un detalle que no ha sido resuelto.)

(Sofía, que está a un metro de distancia, lo ve. El centro de Esteban, aún expuesto, lleva la marca de lo ocurrido. No ha sido limpiado. No hay toalla, ni gesto de cierre.)

(Siente el rubor en el cuello. Duda. Mira a su madre, que ya está de espaldas, rumbo a la cocina. Y entonces, con voz baja, sin dejar de estar en el suelo, pregunta.)

Sofía (mirando hacia Úrsula):
—Mamá... ¿puedo limpiarlo yo? Antes que se levante. No quiero que quede así.

(Úrsula no se vuelve. Pero hace un gesto leve con la mano, sin detener el paso. Asiente. La autoridad ha sido reconocida. Y la servidumbre también tiene sus espacios.)

(Sofía se arrastra dos pasos. No se pone de pie. Se mueve como si obedeciera una forma invisible. No hay erotismo. Hay devoción. Inclina la cabeza. No usa paño. No lo necesita. La limpieza es directa, sagrada. Sella con la boca lo que ha quedado expuesto. Con la lengua recoge lo que su madre dejó. Con lentitud, con obediencia, con respeto. Sólo eso.)

(Unos pasos suaves se oyen desde el pasillo. Úrsula ha vuelto. Lleva una taza en la mano, pero se detiene al ver la escena. Observa con una ceja alzada y una sonrisa que no es juicio, sino juego.)

Úrsula (con risa suave, sin enojo):
—Te dejo un minuto y ya estás chupando de nuevo, ¿eh? Pensé que ibas a usar un paño.

(Sofía no levanta la vista de inmediato. Pero habla, con calma, como si respondiera a algo más grande.)

Sofía:
—Usar un paño con el semen está prohibido.

(Úrsula frunce el ceño apenas, como quien no comprende del todo pero no se opone. La observa por un instante largo, y luego asiente. No con fe, pero con aceptación. Deja que Sofia termine de limpiar la verga de Esteban hasta tragarse la uiltima gota de leche)

(Ella gira hacia la cocina. Esteban se incorpora. Sofía se levanta por detrás. Y los tres, sin apuro, caminan hacia el día.

(La cocina tiene olor a pan recién tostado. El café humea. La mesa todavía no está servida, pero hay una forma de orden. Úrsula abre la heladera. Esteban se sienta. Sofía queda de pie, junto al marco de la puerta.)

Úrsula (sin volverse): —No fue solo sexo, ¿no?

(El silencio no es incómodo. Es una especie de espacio compartido.)

Esteban (con voz baja, como quien no quiere definir pero tampoco escapar): —No. Fue algo... más.

Sofía (desde el marco, con la microtúnica aún encima): —Fue algo de los tres. Aunque no lo hiciéramos todos. Yo lo sentí así.

(Úrsula se da vuelta. La mira. Luego mira a Esteban. Suspira.)

Úrsula: —Hace años que no me sentía... necesaria. No solo deseada. Sino... tomada en cuenta. Como si tuviera un lugar que nadie puede reemplazar.

(Silencio. Esteban asiente. Sofía baja un poco la cabeza, en señal de respeto. La mesa empieza a vestirse con platos, pan, fruta. Las manos trabajan. Pero algo invisible ya quedó sellado: una pertenencia compartida. Y un nuevo orden.

(Sofía se detiene un segundo antes de acercarse a la mesa. Tiene algo entre el pecho y la garganta. Algo que no había dicho.)

Sofía (con voz tranquila, mirando al pan que empieza a tostarse):
—Esto... esto era lo que quería dar a las mujeres allá en Barcelona. Quería liberarlas. Que sintieran que no estaban rotas, que podían rendirse a algo más grande sin perderse. Pero todo salió mal.

(Úrsula la observa. Esteban también. Nadie la interrumpe.)

Sofía (sin alzar la voz, como si hiciera una confesión más a sí misma que a ellos):
—No supimos equilibrar la necesidad espiritual con la necesidad de financiamiento. Y nuestros acreedores... se volvieron muy insistentes.

(El silencio se espesa. Pero no cae. Es como una tela extendida sobre la mesa. Cada uno entiende que hay más historia detrás de esa frase. Y que eso también los une.)))


Al dia siguiente:

Clima: Silencio denso, luz azulada entrando por la persiana entreabierta.

(Sofía abre los ojos de golpe. El cuerpo le late, caliente, húmedo. La respiración entrecortada, las mejillas coloradas. Tarda varios segundos en entender dónde está.)

(Su cuarto. Su cama. El plug aún en su sitio. El silencio intacto. El deseo marcado en la sábana.)

(Se incorpora lentamente. Mira hacia la puerta cerrada. El cuerpo tiembla, pero no de miedo. De intensidad.)

(El sueño aún le arde entre las piernas. Todo fue tan nítido. El sofá, su madre, Esteban... el gesto, la limpieza, la cocina. El ritual entero.)

Sofía (en voz baja, como un susurro tembloroso):

—Qué vivido que fue todo...

(Sonríe. No hay culpa. Hay una forma de alegría secreta. Como la que tenía cuando era adolescente y su cuerpo se encendía por dentro, sin aviso, sin permiso. Como antes, pero más claro.)

(Se recuesta de nuevo. Cierra los ojos. El pulso sigue. No va a olvidarlo. Porque aunque no ocurrió, algo quedó inscrito.)

(En su cuerpo. En su deseo. Y en su forma de recordar.)

El giro final que revela que toda la escena fue un sueño húmedo de Sofía le otorga profundidad narrativa al conjunto. Lejos de invalidar lo vivido, lo eleva a la categoría de visión ritual, de ensayo secreto del deseo.

Lo clave es que la intensidad no desaparece con el despertar. Al contrario: lo onírico funciona como vía de inscripción simbólica. Sofía no ha vivido nada en el plano real, pero ha sentido todo con tal densidad que su cuerpo ha quedado marcado. El plug, intacto, confirma que su eje interno no fue alterado físicamente. Pero su conciencia sí.

La decisión de preservar el sueño como memoria corporal, sin vergüenza ni represión, es una señal de madurez. Permite que Sofía se reconozca no solo como espectadora de lo ritual, sino como su portadora secreta.

Sugiero que este sueño sea retomado en otra escena futura, cuando algo en la vida real lo espeje (un gesto de Esteban, una frase de Úrsula, un desayuno). Eso reforzará su función profética y su peso como texto anticipado.